Una Novata En Un Cuento De | Hadas

Elara miró el calcetín. Estaba tejido con hilos de luz de luna y olía a lluvia fresca.

—¡Ay! —exclamó una flor de pétalos amarillos—. Ten más cuidado, forastera. No todos los días viene alguien con botas de suela de caucho a interrumpir nuestra siesta. Una novata en un cuento de hadas

—¡Por fin! —rugió la mujer—. La novata ha llegado. Pasa, niña. No muerdo, a menos que intentes corregirme la gramática. Elara miró el calcetín

Cuando el sol (que era una moneda de oro gigante) comenzó a ocultarse, Elara se dio cuenta de que sus botas de caucho ahora brillaban con un polvo plateado. Ya no era una extraña. Era parte de la narrativa, la nota a pie de página que hacía que todo el resto tuviera, mágicamente, un poco menos de sentido. —exclamó una flor de pétalos amarillos—

—Ganas el derecho a no ser el personaje principal —susurró—. Ganas la libertad de observar el milagro sin tener que salvar el reino. Es el mejor papel de todos.

La cabaña de la bruja no estaba hecha de gominolas ni de chocolate, sino de libros viejos y frascos de mermelada etiquetados con nombres extraños como "Risas de martes" o "Melancolía de charco". La bruja, una mujer con el pelo del color de las nubes de tormenta, no tenía verrugas ni escobas voladoras. Estaba sentada frente a una montaña de calcetines desparejados.